Tac tac tac…
Todos a su alrededor pensaban que era una persona impaciente. No soportaban estar cerca de él, oyéndole y viéndole en su constante desesperación. Veían con mala cara la atmosfera que le rodeaba y su respiración entrecortada. Detestaban todo lo que señalaba su condición de impaciente. Pero lo que realmente odiaban era el ruido que hacía al golpear el dedo índice de su mano derecha contra la superficie más cercana a su alcance.
Jorge no era una mala persona, ayudaba a su vecina de 79 años a sacar la basura orgánica todos los martes y cada mes daba 15 euros a UNICEF convencido de la diferencia que hacía en el mundo. Cada noche, al descansar la cabeza en la almohada, Jorge apagaba la luz y pensaba en el ritmo de las cosas, en el ritmo de los días. No sabía por qué, pero recordando su día lo sentía con un ritmo. Y después de unos minutos de haber cerrado los ojos, empezaba a soñar, y el dedo índice de su mano derecha se mantenía en movimiento, sin cambio en ritmo ni fuerza.
Una mañana de Mayo, un Miércoles, Jorge iba en camino al trabajo. Siempre iba caminando: era un trayecto de 38 minutos contando los 4 minutos que tardaba en llegar al bar donde compraba su café para llevar. Después de comprar su café, al cruzar la Gran Vía, el dedo índice de su mano derecha golpeó con demasiada fuerza el vaso de su bebida y fue cuando se derramó un poco de líquido en su camisa, y fue cuando se detuvo, se asustó y fue cuando perdió la vida.
El Jueves hicieron luto las mismas personas que lo detestaban el Martes. Todos lloraban ahora la calma que había reemplazado su impaciencia. Estaban molestos, hablaban en contra del sistema de tránsito de la ciudad, despreciaban el concepto de mala suerte y muerte fue una palabra que no se pronunció en ese lugar. Y mientras todos estaban desesperados, impacientes y enojados, la mano derecha permanecía inmóvil, con el dedo índice apoyado en el borde de madera del ataúd.